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Diabetes en el final de la vida

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Diabetes en el final de la vida

La diabetes mellitus, por su naturaleza de enfermedad crónica, nos acompaña, desde su instalación hasta el final de nuestras vidas. Es una compañera inseparable de muchos eventos vitales (crecimiento, cambios biológicos, logros, frustraciones, enfermedades, alegrías…).

A medida que un paciente diabético va ganando conocimiento de la enfermedad y de la respuesta de su propio organismo, va adoptando medidas y conductas de adaptación. Por ejemplo, sabrá qué dosis de insulina aplicarse al encarar una cena festiva o el tipo de colación que tendrá que consumir antes y después de jugar un partido de su deporte favorito, o la forma más adecuada de equilibrar su alimentación.
Del mismo modo, tenemos que tener en cuenta que al aproximarse el final de la vida, cuando se empiezan a aplicar los recursos de la medicina paliativa, la diabetes requerirá de consideraciones especiales.

Cuestiones a considerar en las etapas finales de la vida

En primer lugar, y como resulta fácilmente comprensible, los objetivos dejarán de ser la prevención de complicaciones a largo plazo y las prioridades serán las de evitar o reducir al mínimo los síntomas de hipoglucemia o de hiperglucemia marcada, que puede empeorar la calidad de vida de los pacientes.

En presencia de diabetes tipo 1 (o insulinodependiente) los médicos optarán por el empleo de una insulina de acción prolongada, cuya acción trascurra sin picos peligrosos que puedan ocasionar hipoglucemias, pero manteniendo un nivel constante de insulina circulante. De este modo, se evitará la deshidratación y la aparición de vómitos, típicos de la descompensación diabética.

En el caso de los diabéticos tipo 2, siempre y cuando estén en condiciones de deglutir, se puede seguir contando con el uso de hipoglucemiantes orales (un pinchazo menos…) en el caso de que no necesiten insulina, es decir, si no son “insulinorrequirentes”. En otras situaciones, el empleo de corticoides o los cuadros de infecciones importantes pueden hacer que los antidiabéticos orales no sean lo suficientemente eficaces y se requiera indefectiblemente de la aplicación de insulina. Si el paciente rechaza el alimento, puede considerarse dejar de lado los comprimidos y recurrir a insulina, pero sólo para corregir eventuales picos de hiperglucemia.
Otras consideraciones importantes deben hacerse en relación con la dieta. No es necesario continuar con medidas tan estrictas sino que la alimentación debe adaptarse a los síntomas, la tolerancia y el apetito, que suelen estar reducidos en estas etapas.

Algo similar se sugiere a los pacientes y sus familiares en relación con el autocontrol o monitoreo de la glucosa. Este procedimiento, tan recomendable en la vida del diabético, en esta etapa debe ser empleado en forma limitada: por ejemplo, puede circunscribirse exclusivamente a detectar la existencia de hipoglucemia o la presencia de polidipsia y poliuria, que podrían indicar desviaciones importantes en el nivel glucémico.
Finalmente, recordemos que incluso el diabético mejor controlado a lo largo de su vida puede sufrir oscilaciones en esos momentos. El empleo de corticoides puede elevar los valores de azúcar en la sangre y, a la inversa, la pérdida de peso, de apetito y la eventual instalación de insuficiencia renal pueden llevar a reducir o suprimir la dosis de hipoglucemiantes orales o de insulina.

En esta etapa de la vida es importante considerar al paciente como un individuo con necesidades especiales que requieren ser cubiertas, más allá de los criterios habituales que sus enfermedades crónicas le imponían en otras ocasiones.


Editora Médica Digital, octubre de 2007
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