La imagen que tengo de Ángela siempre estará asociada a una mochila. Es como la imagen que tengo de mi padre, de siempre con gafas. Y eso que unos meses intentó sin éxito usar lentillas, aún entonces a todos se nos hacía raro. La imagen de mi padre tenía que ser con gafas. Pues de la misma forma la imagen que tengo de Ángela es con mochila. Si un día abres su mochila verás sobre todo dos zumos, dos zumos que parecen llevar ahí siglos, por lo maltratados que parecen. Y el kit del glucómetro, y un inhalador, y unas pocas galletas … ah, y muchas migas, y unos cuantos cachivaches que solo ella sabe de donde han salido. Y si un día le propones tirar alguno de ellos, entonces ella te mira con esa cara y ese tono de voz que solo ella sabe poner, y que jamás nadie en este mundo se atrevió a poner a mi padre, excepto seguro su hermano Luis (mi padrino) justo antes de empezar a atizarse.
Ni que decir tiene que Ángela ya ha tenido un buen puñado de mochilas. Lo curioso es que yo ya no me acuerdo de las anteriores, no sé porqué las he olvidado, ahora mismo solo tengo la imagen de la última. Yo creo que las he olvidado porque todavía me acuesta aceptarlo, porque si las llevase la mochila por gusto, o por darle disgusto a su madre, como los adolescentes llevan sus “historias” en esas mochilas cargadas en el hombro … pues lo habría aceptado y punto. Pero la mochila de Ángela no es de rebeldía, no es para llevar sus cosas ocultas a sus padres, no, su mochila es … es por lo que es … bueno, a mi me gusta pensar que es como las gafas de mi padre, por necesidad y porque era parte de su imagen, parte de su forma de ser.
